martes, 22 de septiembre de 2015

Solero gratis

Conocí a don José un diecitantos de agosto como a las seis de la tarde, el señor de las paletas. Una de limón y un "qué tal la venta" le bastó para una historia que hasta hoy no había podido retomar. Era un viejo mayor de setenta, fácilmente; llevaba gorra y camisa color caqui manchada tenuemente por las axilas, y un poco de grasa en la frente, de tez morena y arrugada sonrisa; tenía tres dientes. De primera supe que la tarde oscurecería con sus palabras, porque era de esas personas que se acuerdan de su vida contándola en voz alta, sin posibilidad humana de mi parte de desprenderme de ella. Ni quería, por cierto.

Al principio, me desglosó fielmente el menú de productos fríos que llevaba en su carro, en su carrito, pues, el de paletas, el cual constaba de un cuadro metálico bien sólido, hermético por donde se le viera, con un par de ruedas en neumáticos bastante seguras y un palo que pretendiera sombrilla en su punta, la cual no estaba y solo colgaba de éste una tabla roída con un papel pegado, donde se apreciaban fotillos de paletas, sándwiches helados, conos, cuadritos de nieve de fresa o vainilla, y uno que otro invento de las comercializadoras. Don José no veía el cuadro de precios, ni lo tenía que voltear porque se lo sabía de memoria, con nombres pegajosos y sabores distantes: "Tengo Kolorix de uva y mora azul, Solero nomás de mango", decía a los niños que de repente le preguntaban.

La alameda en que estábamos más bien parecía plazuela de pueblo, pues era un terreno bastante bien acondicionado, con sus estratos escalonados, sus áreas verdes semiáridas, un par de árboles aquí y allá, banquitas para los enamorados, sus puestos ambulantes y cd's piratas, juegos mecánicos de pronto, sesión de aerobics al aire libre para gente de cerca, un tipo gordo entrenando a veintisiete niños de entre 5 y 8 años, más o menos, gente en todos lados y un paletero sentado junto a mí. Ese era el ambiente, y ese fue en el que el viejo pasó al menos ocho de los veintisiete años de vender paletas, pero no siempre de la misma marca. Me dijo que sin presumir, él vendía más que todos, por longevo o por buena gente, pero antes de las 8, todo se acababa, de rigor. Y era que por eso, su patrón le tenía tanta confianza, pues hasta le daba su propina de navidad, "y no a cualquiera se la daba", me decía, "nomás a mí porque ya son años". Inclusive, alguna vez, hasta lo invitó a cenar. "Me dijo, tráigase a su mujer y todo, y yo le dije no, no, no, cómo cree, tanta confianza, y él me decía usté no se fije que usted, mis respetos, y hasta me regaló unos zapatos, fíjate, le dijo a su mujer, los zapatos que te dije la otra vez dónde están, dáselos a don José, ándele". Ni un peso quedaba fuera de la renta del equipo o el producto vendido, todo iba adonde tenía que ir. "Me ha ido bien, yo no me puedo quejar; todos mis patrones me han dado mi lugar, pero fíjate, yo me lo he sabido ganar. Esta plaza, por ejemplo", me decía, "yo me la gané, de ir pa' acá y pa' allá, pues al final que no que tú, pues aquí me quedé, y es donde más se vende el producto". A veces no podía entender lo que decía porque se precipitaba al hablar, parecía que sus palabras viajaban más rápido que él, pero no más que sus recuerdos. Parecía que cuando me quería decir que la cosa estaba dura, sonreía incompredidamente. Es fácil saber cuando a alguien le cuesta la vida y cuando alguien la vive como viene, solo hay que rascarle un recuerdo y ver cómo te lo cuenta.

"A las seis de la mañana, hasta en domingo, mijo". Y cuando no era paletero, como en invierno, ayudaba a los quehaceres de la choza o el changarro de la esposa, no recuerdo qué vendía. Sin hijos, quizá porque no tuvo o porque no quiso, supongo que lo primero, se acondicionaba a los niños que le preguntaban, "¿ya no tiene de esquimales?", y les decía: "Sí, mijo, pero nomás de vainilla; ándale, ve preguntúnale a tu mamá si te la compra, te la dejo a quince cincuenta", costando dieciseis. "Pero tú te ves buen chavo", me decía cuando le dije que no hallaba trabajo. "Mira, vete a las plantas de aquí arriba, a las ocho y a las doce, es cuando hay más gente, a lo mejor ahí puedes hallarte algo". Incluso me citó al día siguiente con la esperanza y qué más da, la certeza, de un empleo en puerta con su palabra en mi mano: "Yo mañana voy pa' allá... Uh, ya conozco a muchos ingenieros que te pueden echar la mano, yo les platico de ti y te digo dónde vayas, tú vente mañana". Asentí.

Nada frágil, nada tedioso. Empecinado nada más en lo que venía enseguida, y no más allá. Vivía al día, si se puede decir. De escucharlo no podía pensar en otra cosa que los paradigmas que nos ponen las circunstancias, la figura elemental de la que se compone todo un mundo de personas que andan como pueden, con sus vidas en la espalda, y acaso la de otros, yendo y viniendo sin que nada los detenga. Era cuestión de ver todo desde afuera. Cuántas personas había en esa plaza, en tal colonia, en tal región. Cuántas siguen los mismos hábitos de surtir su carrito y lanzarse a la venta, de saberse sus costumbres, de dejarse de sustentos, cuántos habrán comprado su libertad por dos pesos de hipoteca. Las historias como los hmbres se cuentan por montones, cúmulos, enjambres, zonas residenciales, colonias de ricos o señores de paletas.

Al final se le notaba tranquilo, sumido en su labor y terriblemente comprometido consigo mismo. Como persona, don José era un tipo simpático, con el que me hubiera gustado compartir más de las horas que me estuvo contando su ayer, como el abuelo que siempre se extraña porque ya no hay de esos, como los nietos que no tuvo porque tampoco hijos, como hacerme el favor de regalarme otra Solero, la última de mango. "Se la pago mañana", le dije. Nunca regresé.






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