Me gusta Silvio. Demasiado. Incluso más de lo que podría soportar mi propio entendimiento. Pero no lo digo demasiado. Encontré en sus canciones una maravilla que buscaba siempre en canciones de otros, esa que te lleva desde un comienzo melódico interesante hasta una letra perturbadora que incita a escuchar alguna otra de él. Alego mi gusto porque se me ha venido retomar algunos pensamientos a partir de sus canciones, y aunque a veces resulte desgraciadamente enfrascado, no me importa.
Soy de los que observan mucho y hablan poco, que atienden más al otro por conocerlo mejor, para absorberle lo valioso y desprenderse de nosotros un vínculo importante. Soy de los que gusta platicar más con mujeres, porque en los hombres encuentro y encontré desde hace mucho, un inoperante sentido de la charla plana, poco estrecha, desechable. Será porque entre machos nos cuesta más trabajo cordializar, inmiscuirnos en la vida del otro como desenmarañando los pensamientos: será que se prefiere beber y gritar un gol.
Y así como a Silvio, a quien le estremecieron mujeres de fuego y mujeres de nieve, por mi vida han pasado un montón de mujeres también que fueron y acaso siguen siendo intrasferibles. Son las mujeres que conviven con mi estancia en la tierra, la que me vio nacer y las que me vieron crecer, las que me obligué a besar o las que nunca quedaron. También aquéllas que jamás conocí. Las mujeres de un hombre son todo lo que pueden contar, el complemento feliz de un semiser que deambula diariamente para no perderse solo, sino con alguna contraparte.
Justo hoy me acordé de una de ellas, una en específico que no ha estado más cerca de mí porque los ríos no han volado siquiera, o las cosas se han dispuesto a la ofensiva. No. Una mujer que conocí por cuestión propia, pero sin mucho apuntarle. Que me ha enseñado más con tan poco que muchos con tanto y tanto que decir, pero poco que mostrar. Y es preciso resaltar que la grande no se ha venido a menos porque no estoy tan seguro, quizá no sea nadie, quizá resulte increíble, pero sé que para mí y al menos por ahora, me ha enseñado que "la vida es una perra que sabe malabarear muy bien" y que no es tiempo de caerse cuando se siente en piso tambalearse, sino aferrarse a lo que se tiene para mantenerse en equilibrio, al menos hasta que dominemos la técnica.
De foto en foto, escasa y engañosa, me gustaría escucharle y saberle extraña, como le supe la segunda vez, cuando apenas me presenté y me expuse como el que era, sin más rodeos que los precisos, ella ya estaba pidiéndome algo qué leer. Como dice a mona, de edición compulsiva. La imagino prudente, temerosa pero inteligente, audaz y súbita cuando lo requiere la euforia, su euforia, porque la escucho gritar cada vez que imagino, cantante y fotógrafa, artista sin creerlo. Sin vivirlo. Feliz lectora más que escritora, quiero pensar. Amante de la intriga, suscriptora de lo nuevo, quien hojea precipitaciones de gente que desconoce pero se interesa, se avienta. Así como ella se aventó de acá a allá. Ridícula hasta donde no sé, pero seguramente un poco cuando no se da cuenta. Y yo menos. Pero con todo eso, más las cosas felices, existe porque existí, y eso la determina para mí.
Yo sé que serás como sueñas, si es que el insomnio te dejó alguna vez de acariciar tu pelo a punto.
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