miércoles, 30 de septiembre de 2015

"Pidos"

"La vida va a madres", me dice mi papá toda vez que tiene oportunidad. Y no lo contradigo: en primera porque resulta tan terriblemente cierto que da coraje, saber que el tiempo acelera el mismo tiempo, sin que suene a pretensión científica; y en segunda porque es mejor no armarse con otro punto de vista ante alguien que está borracho. O bueno, no siempre que me lo dice lo está, pero sí algunas.

Lo cierto es que no tiene por qué ser así. Tengo ganas de contradecir al mundo y pisarle un freno, bajarle sus revoluciones con mi revolución, saltando para abajo, guardándome secretos, callando a los gritones, apagando luces de día. Hace falta calmarnos, vivir el presente de manera paradisiaca, porque qué caso tiene correr y volar si estrellarnos es el destino, valdrá la pena aguardar y respirar. Dejar de correr, quedarse un rato sentado, leer un libro, sentir un beso, llorar un recuerdo. Vale la pena cansarse y detenerse, para pensar, para olvidarse un instante de la mecánica locomotora, y dormir porque sí.

Date tu tiempo, que las cosas ahí estarán.

martes, 22 de septiembre de 2015

Solero gratis

Conocí a don José un diecitantos de agosto como a las seis de la tarde, el señor de las paletas. Una de limón y un "qué tal la venta" le bastó para una historia que hasta hoy no había podido retomar. Era un viejo mayor de setenta, fácilmente; llevaba gorra y camisa color caqui manchada tenuemente por las axilas, y un poco de grasa en la frente, de tez morena y arrugada sonrisa; tenía tres dientes. De primera supe que la tarde oscurecería con sus palabras, porque era de esas personas que se acuerdan de su vida contándola en voz alta, sin posibilidad humana de mi parte de desprenderme de ella. Ni quería, por cierto.

Al principio, me desglosó fielmente el menú de productos fríos que llevaba en su carro, en su carrito, pues, el de paletas, el cual constaba de un cuadro metálico bien sólido, hermético por donde se le viera, con un par de ruedas en neumáticos bastante seguras y un palo que pretendiera sombrilla en su punta, la cual no estaba y solo colgaba de éste una tabla roída con un papel pegado, donde se apreciaban fotillos de paletas, sándwiches helados, conos, cuadritos de nieve de fresa o vainilla, y uno que otro invento de las comercializadoras. Don José no veía el cuadro de precios, ni lo tenía que voltear porque se lo sabía de memoria, con nombres pegajosos y sabores distantes: "Tengo Kolorix de uva y mora azul, Solero nomás de mango", decía a los niños que de repente le preguntaban.

La alameda en que estábamos más bien parecía plazuela de pueblo, pues era un terreno bastante bien acondicionado, con sus estratos escalonados, sus áreas verdes semiáridas, un par de árboles aquí y allá, banquitas para los enamorados, sus puestos ambulantes y cd's piratas, juegos mecánicos de pronto, sesión de aerobics al aire libre para gente de cerca, un tipo gordo entrenando a veintisiete niños de entre 5 y 8 años, más o menos, gente en todos lados y un paletero sentado junto a mí. Ese era el ambiente, y ese fue en el que el viejo pasó al menos ocho de los veintisiete años de vender paletas, pero no siempre de la misma marca. Me dijo que sin presumir, él vendía más que todos, por longevo o por buena gente, pero antes de las 8, todo se acababa, de rigor. Y era que por eso, su patrón le tenía tanta confianza, pues hasta le daba su propina de navidad, "y no a cualquiera se la daba", me decía, "nomás a mí porque ya son años". Inclusive, alguna vez, hasta lo invitó a cenar. "Me dijo, tráigase a su mujer y todo, y yo le dije no, no, no, cómo cree, tanta confianza, y él me decía usté no se fije que usted, mis respetos, y hasta me regaló unos zapatos, fíjate, le dijo a su mujer, los zapatos que te dije la otra vez dónde están, dáselos a don José, ándele". Ni un peso quedaba fuera de la renta del equipo o el producto vendido, todo iba adonde tenía que ir. "Me ha ido bien, yo no me puedo quejar; todos mis patrones me han dado mi lugar, pero fíjate, yo me lo he sabido ganar. Esta plaza, por ejemplo", me decía, "yo me la gané, de ir pa' acá y pa' allá, pues al final que no que tú, pues aquí me quedé, y es donde más se vende el producto". A veces no podía entender lo que decía porque se precipitaba al hablar, parecía que sus palabras viajaban más rápido que él, pero no más que sus recuerdos. Parecía que cuando me quería decir que la cosa estaba dura, sonreía incompredidamente. Es fácil saber cuando a alguien le cuesta la vida y cuando alguien la vive como viene, solo hay que rascarle un recuerdo y ver cómo te lo cuenta.

"A las seis de la mañana, hasta en domingo, mijo". Y cuando no era paletero, como en invierno, ayudaba a los quehaceres de la choza o el changarro de la esposa, no recuerdo qué vendía. Sin hijos, quizá porque no tuvo o porque no quiso, supongo que lo primero, se acondicionaba a los niños que le preguntaban, "¿ya no tiene de esquimales?", y les decía: "Sí, mijo, pero nomás de vainilla; ándale, ve preguntúnale a tu mamá si te la compra, te la dejo a quince cincuenta", costando dieciseis. "Pero tú te ves buen chavo", me decía cuando le dije que no hallaba trabajo. "Mira, vete a las plantas de aquí arriba, a las ocho y a las doce, es cuando hay más gente, a lo mejor ahí puedes hallarte algo". Incluso me citó al día siguiente con la esperanza y qué más da, la certeza, de un empleo en puerta con su palabra en mi mano: "Yo mañana voy pa' allá... Uh, ya conozco a muchos ingenieros que te pueden echar la mano, yo les platico de ti y te digo dónde vayas, tú vente mañana". Asentí.

Nada frágil, nada tedioso. Empecinado nada más en lo que venía enseguida, y no más allá. Vivía al día, si se puede decir. De escucharlo no podía pensar en otra cosa que los paradigmas que nos ponen las circunstancias, la figura elemental de la que se compone todo un mundo de personas que andan como pueden, con sus vidas en la espalda, y acaso la de otros, yendo y viniendo sin que nada los detenga. Era cuestión de ver todo desde afuera. Cuántas personas había en esa plaza, en tal colonia, en tal región. Cuántas siguen los mismos hábitos de surtir su carrito y lanzarse a la venta, de saberse sus costumbres, de dejarse de sustentos, cuántos habrán comprado su libertad por dos pesos de hipoteca. Las historias como los hmbres se cuentan por montones, cúmulos, enjambres, zonas residenciales, colonias de ricos o señores de paletas.

Al final se le notaba tranquilo, sumido en su labor y terriblemente comprometido consigo mismo. Como persona, don José era un tipo simpático, con el que me hubiera gustado compartir más de las horas que me estuvo contando su ayer, como el abuelo que siempre se extraña porque ya no hay de esos, como los nietos que no tuvo porque tampoco hijos, como hacerme el favor de regalarme otra Solero, la última de mango. "Se la pago mañana", le dije. Nunca regresé.






jueves, 17 de septiembre de 2015

Que no hagan ruido

Que no hagan ruido, que estás dormida.

¿Sabes lo insansato que me siento? De verte aquí, susurrando despacito sobre un sueño que te abraza con mi piel, con mis brazos que hace un rato te estrujaron, y te amaron. ¿Acaso sabes lo que acabamos de hacer? Sospecho que no, que por eso duermes de cansancio o quizá de desesperación, de éxtasis apagada y reproducida en tu ensueño, quizá solo duermes porque no quieres más hablar.

Me besaste primero, siempre lo haces primero. Quizá porque yo no sé cómo empezar, o porque es difícil hacerlo cuando nos han de mirar los demás. Pero eso a ti no te importa. A ti te fascina la concurrencia y la admiración de muchos, a ti te extasía que nos volteen a ver, excepto tus padres. Con ellos sí que no se juega. Pero esta vez no estaban ellos, y de hecho ya casi no había nadie. Solo los ruidos, las luces y el soplido del viento que se ahoga en tu garganta, el que te hace toser. Y por eso me besas, por pretexto o por euforia. Porque siempre lo haces, como me gusta.

Ayer el flirteo duró poco, pues ya estábamos encimados. No nos pudimos resistir, ¿te diste cuenta? Yo sí. Volví, ¿cuánto tiempo pasó? ¿Tres meses, quizá? Dejé de contar los días desde el primero, porque no tiene caso acordarse de algo que volverá a suceder, así que mejor ver para adelante. Al primer vistazo ya me apretaban tus muslos las caderas, te me aventaste y como pude te sostuve, pero no quise sostenerte y me dejé caer, ahí, enfrente de todos, ¿te acuerdas? Claro que te acuerdas, si tú misma lo provocaste. Yo te seguí. De repente las cosas cambiaron, ya no estábamos ahí, sino un poco más acá, en privado, en donde estamos. ¿Cómo es que llegamos aquí? No pude convencerte, porque ni siquiera dije nada, de hecho, ninguno dijo nada. Lo sabíamos, ¿cierto? Sabíamos que vendríamos. ¡Qué patadas ni qué berrinches! Ambos sabíamos que nos íbamos a querer a solas. Tú y yo, los dos. Como tiene que ser.

Y empezamos a desmoronarnos el uno al otro como dos terrones que se atacan por coincidencia, por el viento que los junta o porque tienen ganas de hacerlo. A esas horas nuestros besos ya sabían a carne viva, a sangre condensada en un par de labios indistintos, ni los tuyos ni los míos, los de ambos; ya tus ojos me admiraban nerviosos por lo que vendría y mis manos, mis manos te sostenían con la fuerza de diez animales. Lo demás ya lo sabes. No vale la pena recordarlo con la mente o las palabras, si aquí te tengo alrededor.

Lo que sí es lo de ahora. Ahora que te tengo frente a mí, colmada de mí, en plenitud. Admiro tu belleza solemne, tus ojitos de pestañas vibrantes, admiro tu boca a medio cerrar. Casi puedo ver el olor de tus mejillas rozándome la piel, la barba que te gusta toquetear en las mañanas. Casi puedo ver la angustia que dejaste regada por el cuarto, cuando te dije que todo estaría bien y no lo dudaste ni un minuto, pero titubeaste al conseguirlo. Eres un placer, una chispa, una nube que no quiero tocar para no deshacer, pero que me sostiene tan fuerte que sin ella no podría manterme en pie. No me canso de verte, me inspiras maravillas. Tengo ganas de llorar, tu belleza me mata, me acribilla los pasados y los tiempos que no estuve frente a ti, se apagan, se van, no existen ya. Estoy enamorado. Estoy enamorado de ti, mi amor. Y de nosotros.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Esto no es una crisis

Esto no es una crisis. No es la crisis que hubo o la del motivo de este pequeño universo, es tan sólo alguna manera de hablar.

Las cosas han cambiado. Se sabe que es así. Ya no es el mismo profundo y sordo bienestar que me daba el tenerle al tanto, de mí o de todo lo entendido, ahora es peor. ¿Qué se forma después de un ciclón avenido? Habrán vestigios que quedan, que quizá valga la pena trasformar. O quizá vivir tan solo de ciclones.

Hacía dos horas que imaginba cómo sería ese primer encuentro, que no alcanzo justo ahora a rescatar de mi recuerdo. Había mucho acumulado: la conmoción de conocerle, el sudor en las manos que secaba con la ropa, alguna pose requerida y la improvisación desmesurada. Eso y más. Pensaba en su voz y en el milagro de otorgarle un origen, esa garganta pequeña de donde nace y se precipita hasta mí. Ese millón y medio de cuestiones que me dejaban desprovisto de reservas, sabiendo que la última vez que me lancé hacia el río, caí sobre un montón de rocas afiladas. Pero entonces era diferente, porque ahora estaba ahí frente a su puerta, con la esperanza de que abriera y pudiera por fin abrazarle la piel, las manos, la cintura, la espalda, en fin, las ganas.

¿Cómo es ella tan grandiosa? Tan no lo sé. Enfática y clara del rostro, bonita, limpia y azul: porque no hubo otro color que la definiera en esos días. Cómo es de encontrarse a una persona tan ideal entre tanta falsa promesa de idealidad, cómo es del azar que intersecta los caminos de la gente, cómo es de mí que llegué hasta ti, mi querida Frustrada. Así lo lean, la recién llamada se dice ser destreza, y no es con injusta razón. Es de este viaje la mejor experiencia que me ha tocado vivir en varios años, y al cabo de estos cuantos, fue que conocí lo que es la incredulidad.

Hace unos días que la dejé parada, con un paraguas en la mano y una intriga en el futuro. Se detuvo de inmediato el bienestar de los segundos en el viaje, pues es que se desesperan bastante, esperando que volvamos a pisar sobre los mismos pasos que tocaron nuestras suelas, o al menos que regrese. De un beso soñado, de tropiezos y amores, comenzó un idilio mágico que ha dolido tanto las veces que me acuerdo, mas no ha terminado de adornarnos la historia. Nos dejamos tocados del cuerpo y de algo en ese instante, la corta medida de un tiempo que no bastó con tres días ni mucho más, porque en realidad nunca basta el tiempo en la vida para conocer la extraña sensación de la perfección.


viernes, 4 de septiembre de 2015

La editora

Me gusta Silvio. Demasiado. Incluso más de lo que podría soportar mi propio entendimiento. Pero no lo digo demasiado. Encontré en sus canciones una maravilla que buscaba siempre en canciones de otros, esa que te lleva desde un comienzo melódico interesante hasta una letra perturbadora que incita a escuchar alguna otra de él. Alego mi gusto porque se me ha venido retomar algunos pensamientos a partir de sus canciones, y aunque a veces resulte desgraciadamente enfrascado, no me importa.

Soy de los que observan mucho y hablan poco, que atienden más al otro por conocerlo mejor, para absorberle lo valioso y desprenderse de nosotros un vínculo importante. Soy de los que gusta platicar más con mujeres, porque en los hombres encuentro y encontré desde hace mucho, un inoperante sentido de la charla plana, poco estrecha, desechable. Será porque entre machos nos cuesta más trabajo cordializar, inmiscuirnos en la vida del otro como desenmarañando los pensamientos: será que se prefiere beber y gritar un gol.

Y así como a Silvio, a quien le estremecieron mujeres de fuego y mujeres de nieve, por mi vida han pasado un montón de mujeres también que fueron y acaso siguen siendo intrasferibles. Son las mujeres que conviven con mi estancia en la tierra, la que me vio nacer y las que me vieron crecer, las que me obligué a besar o las que nunca quedaron. También aquéllas que jamás conocí. Las mujeres de un hombre son todo lo que pueden contar, el complemento feliz de un semiser que deambula diariamente para no perderse solo, sino con alguna contraparte.

Justo hoy me acordé de una de ellas, una en específico que no ha estado más cerca de mí porque los ríos no han volado siquiera, o las cosas se han dispuesto a la ofensiva. No. Una mujer que conocí por cuestión propia, pero sin mucho apuntarle. Que me ha enseñado más con tan poco que muchos con tanto y tanto que decir, pero poco que mostrar. Y es preciso resaltar que la grande no se ha venido a menos porque no estoy tan seguro, quizá no sea nadie, quizá resulte increíble, pero sé que para mí y al menos por ahora, me ha enseñado que "la vida es una perra que sabe malabarear muy bien" y que no es tiempo de caerse cuando se siente en piso tambalearse, sino aferrarse a lo que se tiene para mantenerse en equilibrio, al menos hasta que dominemos la técnica.

De foto en foto, escasa y engañosa, me gustaría escucharle y saberle extraña, como le supe la segunda vez, cuando apenas me presenté y me expuse como el que era, sin más rodeos que los precisos, ella ya estaba pidiéndome algo qué leer. Como dice a mona, de edición compulsiva. La imagino prudente, temerosa pero inteligente, audaz y súbita cuando lo requiere la euforia, su euforia, porque la escucho gritar cada vez que imagino, cantante y fotógrafa, artista sin creerlo. Sin vivirlo. Feliz lectora más que escritora, quiero pensar. Amante de la intriga, suscriptora de lo nuevo, quien hojea precipitaciones de gente que desconoce pero se interesa, se avienta. Así como ella se aventó de acá a allá. Ridícula hasta donde no sé, pero seguramente un poco cuando no se da cuenta. Y yo menos. Pero con todo eso, más las cosas felices, existe porque existí, y eso la determina para mí.

Yo sé que serás como sueñas, si es que el insomnio te dejó alguna vez de acariciar tu pelo a punto.

martes, 1 de septiembre de 2015

Desvirgación

Casi tan informal como irresponsable me vengo a parar frente a lo que hoy llamo "desvirgación". Porque soy virgen en lo que supone hablar de algo, enmedio de un mundo tan letrado e inmerso en supuestos inteligentes donde yo no tendría cabida.

Me presento en sociedad del mundo, cuya reina es la Internet, que le abre las puertas a todo aquel que ya exista por el simple hecho de acceder a ella. Me presento con un blog destinado al entierro de granadas, de libertades y de ocio extremo, procurando en gran medida abordar temáticas que se vienen de repente y otras que igual de repente se van. De más estaría argumentar que esto no es más que un experimento de septiembre, algo que inicia y quién sabe si tendrá vida para mañana, pero que seguramente tendré en cuenta en Navidad.

A usted, lector invisible, le prometo aburrirlo con la más pura esencia de mis dedos que teclearán estas palabras, esperando en gran medida, absorber de su alma algún impulso por descargarme batallas, comentarios, opiniones, insultos o acaso palmaditas en la espalda, para que una vez abordada la cosa, no se quede sin producto qué abortar.

Buenas tardes.