jueves, 17 de septiembre de 2015

Que no hagan ruido

Que no hagan ruido, que estás dormida.

¿Sabes lo insansato que me siento? De verte aquí, susurrando despacito sobre un sueño que te abraza con mi piel, con mis brazos que hace un rato te estrujaron, y te amaron. ¿Acaso sabes lo que acabamos de hacer? Sospecho que no, que por eso duermes de cansancio o quizá de desesperación, de éxtasis apagada y reproducida en tu ensueño, quizá solo duermes porque no quieres más hablar.

Me besaste primero, siempre lo haces primero. Quizá porque yo no sé cómo empezar, o porque es difícil hacerlo cuando nos han de mirar los demás. Pero eso a ti no te importa. A ti te fascina la concurrencia y la admiración de muchos, a ti te extasía que nos volteen a ver, excepto tus padres. Con ellos sí que no se juega. Pero esta vez no estaban ellos, y de hecho ya casi no había nadie. Solo los ruidos, las luces y el soplido del viento que se ahoga en tu garganta, el que te hace toser. Y por eso me besas, por pretexto o por euforia. Porque siempre lo haces, como me gusta.

Ayer el flirteo duró poco, pues ya estábamos encimados. No nos pudimos resistir, ¿te diste cuenta? Yo sí. Volví, ¿cuánto tiempo pasó? ¿Tres meses, quizá? Dejé de contar los días desde el primero, porque no tiene caso acordarse de algo que volverá a suceder, así que mejor ver para adelante. Al primer vistazo ya me apretaban tus muslos las caderas, te me aventaste y como pude te sostuve, pero no quise sostenerte y me dejé caer, ahí, enfrente de todos, ¿te acuerdas? Claro que te acuerdas, si tú misma lo provocaste. Yo te seguí. De repente las cosas cambiaron, ya no estábamos ahí, sino un poco más acá, en privado, en donde estamos. ¿Cómo es que llegamos aquí? No pude convencerte, porque ni siquiera dije nada, de hecho, ninguno dijo nada. Lo sabíamos, ¿cierto? Sabíamos que vendríamos. ¡Qué patadas ni qué berrinches! Ambos sabíamos que nos íbamos a querer a solas. Tú y yo, los dos. Como tiene que ser.

Y empezamos a desmoronarnos el uno al otro como dos terrones que se atacan por coincidencia, por el viento que los junta o porque tienen ganas de hacerlo. A esas horas nuestros besos ya sabían a carne viva, a sangre condensada en un par de labios indistintos, ni los tuyos ni los míos, los de ambos; ya tus ojos me admiraban nerviosos por lo que vendría y mis manos, mis manos te sostenían con la fuerza de diez animales. Lo demás ya lo sabes. No vale la pena recordarlo con la mente o las palabras, si aquí te tengo alrededor.

Lo que sí es lo de ahora. Ahora que te tengo frente a mí, colmada de mí, en plenitud. Admiro tu belleza solemne, tus ojitos de pestañas vibrantes, admiro tu boca a medio cerrar. Casi puedo ver el olor de tus mejillas rozándome la piel, la barba que te gusta toquetear en las mañanas. Casi puedo ver la angustia que dejaste regada por el cuarto, cuando te dije que todo estaría bien y no lo dudaste ni un minuto, pero titubeaste al conseguirlo. Eres un placer, una chispa, una nube que no quiero tocar para no deshacer, pero que me sostiene tan fuerte que sin ella no podría manterme en pie. No me canso de verte, me inspiras maravillas. Tengo ganas de llorar, tu belleza me mata, me acribilla los pasados y los tiempos que no estuve frente a ti, se apagan, se van, no existen ya. Estoy enamorado. Estoy enamorado de ti, mi amor. Y de nosotros.

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