lunes, 7 de septiembre de 2015

Esto no es una crisis

Esto no es una crisis. No es la crisis que hubo o la del motivo de este pequeño universo, es tan sólo alguna manera de hablar.

Las cosas han cambiado. Se sabe que es así. Ya no es el mismo profundo y sordo bienestar que me daba el tenerle al tanto, de mí o de todo lo entendido, ahora es peor. ¿Qué se forma después de un ciclón avenido? Habrán vestigios que quedan, que quizá valga la pena trasformar. O quizá vivir tan solo de ciclones.

Hacía dos horas que imaginba cómo sería ese primer encuentro, que no alcanzo justo ahora a rescatar de mi recuerdo. Había mucho acumulado: la conmoción de conocerle, el sudor en las manos que secaba con la ropa, alguna pose requerida y la improvisación desmesurada. Eso y más. Pensaba en su voz y en el milagro de otorgarle un origen, esa garganta pequeña de donde nace y se precipita hasta mí. Ese millón y medio de cuestiones que me dejaban desprovisto de reservas, sabiendo que la última vez que me lancé hacia el río, caí sobre un montón de rocas afiladas. Pero entonces era diferente, porque ahora estaba ahí frente a su puerta, con la esperanza de que abriera y pudiera por fin abrazarle la piel, las manos, la cintura, la espalda, en fin, las ganas.

¿Cómo es ella tan grandiosa? Tan no lo sé. Enfática y clara del rostro, bonita, limpia y azul: porque no hubo otro color que la definiera en esos días. Cómo es de encontrarse a una persona tan ideal entre tanta falsa promesa de idealidad, cómo es del azar que intersecta los caminos de la gente, cómo es de mí que llegué hasta ti, mi querida Frustrada. Así lo lean, la recién llamada se dice ser destreza, y no es con injusta razón. Es de este viaje la mejor experiencia que me ha tocado vivir en varios años, y al cabo de estos cuantos, fue que conocí lo que es la incredulidad.

Hace unos días que la dejé parada, con un paraguas en la mano y una intriga en el futuro. Se detuvo de inmediato el bienestar de los segundos en el viaje, pues es que se desesperan bastante, esperando que volvamos a pisar sobre los mismos pasos que tocaron nuestras suelas, o al menos que regrese. De un beso soñado, de tropiezos y amores, comenzó un idilio mágico que ha dolido tanto las veces que me acuerdo, mas no ha terminado de adornarnos la historia. Nos dejamos tocados del cuerpo y de algo en ese instante, la corta medida de un tiempo que no bastó con tres días ni mucho más, porque en realidad nunca basta el tiempo en la vida para conocer la extraña sensación de la perfección.


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